Por experiencia propia en la década de los 60
La vida en el barrio
En los años 60, los barrios pobres también tenían delincuencia: ladrones, cueros y chulos, a quienes se conocía bien en el entorno. El bar de Pasito, en la calle La Palma de Guachupita, era uno de los lugares típicos del barrio, de reunión cotidiana de los parroquianos. Y estaba Papito, "el perro guapo", un hombre peleador que barajaba pleito y siempre estaba dispuesto a pelear con cualquiera que lo provocara. En esas andanzas terminó con varias vidas a puñaladas.
En aquellos años no existían las drogas como se conocen hoy: había alcohol, bares y fiestas, pero de drogas yo nunca escuché hasta después de la revolución de abril.
Mucha gente venía de las zonas rurales y trajo consigo sus creencias. Entre ellas estaba la santería, una expresión mágico-religiosa de creencias ancestrales que mezcla imágenes de santos católicos y se parece al vudú criollo. En ella, la entidad entra en trance y la persona actúa como una especie de vidente. Junto a figuras como Papá Candelo y Metresili, era parte de la cultura popular del barrio.
También estaba la iglesia María Auxiliadora, donde nos formamos muchos muchachos de los barrios aledaños. La formación en valores y la religiosa nos salvó del rifirrafe de aquellos tiempos. Y aunque había precariedad, existía el desayuno escolar de la Alianza para el Progreso, con la llamada "marifinga", una harina de maíz que, mezclada con leche, formaba una especie de arepa, acompañada de la famosa leche Bambi. Daba sus dolores de barriga, pero salíamos bien desayunados.
El "tigueraje"
El tigueraje no es delincuencia. El tiguere es un conocedor de su entorno, que no se deja y que tiene la inteligencia emocional de la calle: sabe leer a la gente, se las ingenia en cualquier situación, baila con maestría y tiene muela con las mujeres.

La familia y los talleres
La pobreza obligaba a la familia a trabajar unida en un mismo proyecto: la supervivencia. El padre trabajaba, los hijos también aportaban, algunos con emprendimientos propios del barrio, y los padres se ocupaban de darles la orientación necesaria.
Los barrios estaban llenos de maestros artesanos y de pequeños talleres que funcionaban como escuelas, como centros de formación para los jóvenes. Allí se practicaba la maestranza: zapaterías, panaderías, carpinterías, herrerías, sastrerías, talla de madera. Los muchachos entraban como aprendices.
La situación de hoy
Hoy la delincuencia crece sin límites y siembra el terror en la población. Solo en los primeros seis meses de este año, 146 personas murieron en enfrentamientos con las autoridades. A diferencia de entonces, a la pobreza y la falta de oportunidades se suma el flagelo de las drogas.
Falta un marco para el aprendizaje regulado. La ley de protección al menor, creada con buena intención para cuidar a la niñez, hace que muchos talleres y empresas eviten recibir aprendices por temor a problemas legales. Existe formación técnica, como la del INFOTEP, pero no siempre llega a los talleres de barrio. Así, muchos jóvenes quedan sin oficio y sin guía, y la calle los forma. Yo prefiero un buen artesano formado en esos talleres que un delincuente fabricado por esas incongruencias.

El antídoto y la oportunidad
Tenemos un antídoto, y además enormes oportunidades. Más de 11 millones de turistas visitan la República Dominicana, y cada uno compra artesanías: muñecas de barro, ámbar, larimar, madera, bisutería. Según la Fundación para el Desarrollo de la Artesanía, un turista compra en promedio siete artículos o más, y algunos compran para revender en sus países. Eso equivale a producir cerca de 80 millones de artículos.
Producirlos sería una terapia ocupacional que incorporaría a muchachos y muchachas a la productividad, alejándolos de la delincuencia. Hoy, por la desatención al sector, más del 50% de lo que se vende en las tiendas turísticas es importado de Sudamérica y Asia.
El impacto económico es enorme y toca toda la cadena de valor: el minero de larimar o ámbar, los intermediarios, el artesano, la tienda, el guía que cobra comisión, el taxista, el banco que cobra hasta un 5% por la tarjeta, los empleados, el ITBIS y, a fin de año o en marzo, el impuesto sobre los beneficios de la empresa. Muchas tiendas absorben costos fiscales que desaniman al sector. Cada pieza deja ingresos a muchas manos y también al Estado. La artesanía hace un aporte significativo al país.
La propuesta
Hay que establecer un aprendizaje regulado en los talleres de los maestros artesanos, con supervisión, horarios compatibles con la escuela y protección legal para quienes forman. Y hay que premiar a las pequeñas empresas que se comprometan con formar nuevos técnicos, con incentivos fiscales, certificación y reconocimiento público.
La delincuencia tiene muchas causas, y ninguna propuesta lo resuelve todo. Pero formar a un joven en un oficio es una de las más prometedoras. Familia, valores y oficio: así se le gana la calle a la delincuencia.



